CUANDO EL ARTE PREGUNTA Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL RESPONDE

Por Ricardo Bolaños

Ciudad de México 24 de marzo 2026.

Tiago Martínez, el arte, la belleza y la pausa en la era de las máquinas

Hay artistas que buscan respuestas. Otros prefieren formular preguntas.

Para Tiago Martínez, el arte pertenece claramente al segundo grupo. Su obra -dice- no intenta declarar verdades, sino provocar un momento de contemplación en quien observa. Un espacio breve donde el espectador pueda preguntarse algo sobre sí mismo. “Mi arte se enfoca mucho más en hacer preguntas que en dar respuestas”, explica.

En una época dominada por la velocidad, la hiperconectividad y la producción constante de imágenes, esa postura puede parecer casi una resistencia cultural. Pero, también es el punto de partida para entender tres ideas que atraviesan su trabajo: la inspiración perpetua del artista, el impacto de la inteligencia artificial en la estética contemporánea y un concepto que él mismo ha bautizado como Umando.

El arte como exposición humana

Para Martínez, crear arte implica una forma radical de exposición personal.

Lo describe con una metáfora directa: crear es casi como desnudarse frente al mundo.

En una obra se filtran inevitablemente los miedos, las alegrías, los traumas y las preferencias de quien la crea. Por eso considera que el arte posee una honestidad particular que otras disciplinas no siempre tienen. Durante la conversación surge una comparación inevitable con la filosofía. Ambos territorios exploran preguntas sobre la existencia, pero Martínez establece una diferencia importante: mientras la filosofía puede lanzar ideas al aire sin necesariamente buscar un resultado, el arte siempre nace de una intención emocional específica.

Es un impulso que quiere materializarse.

Y, al hacerlo, abre un espacio donde dos narrativas pueden coexistir: la del artista y la del espectador. El resultado es profundamente subjetivo. A veces la reacción frente a una obra no puede explicarse con argumentos complejos; simplemente ocurre algo más elemental: me gusta o no me gusta. Esa reacción -dice- está atravesada por toda la historia personal, cultural y emocional de quien observa.

El enemigo silencioso: la indiferencia

En un momento de la conversación aparece una reflexión que parece pequeña, pero revela parte de su visión del mundo.

¿Qué es lo opuesto al amor?

El odio podría parecer la respuesta obvia. Pero surge otra posibilidad: la indiferencia. Tanto el amor como el odio implican una emoción intensa. La indiferencia, en cambio, representa la ausencia total de reacción. Un estado donde algo simplemente deja de importar. Para Martínez, ese vacío emocional es uno de los grandes enemigos de la experiencia humana. El arte, entonces, tiene una función particular: romper esa indiferencia.

Provocar que alguien sienta algo.

Inteligencia artificial y el canon de belleza

La conversación inevitablemente llega a uno de los temas más debatidos del presente: la inteligencia artificial.

¿Está la IA creando un nuevo canon de belleza o simplemente amplificando los existentes? Martínez plantea una hipótesis interesante: tal vez la inteligencia artificial no esté inventando nuevos cánones, sino demostrando que ya existía uno universal.

Simetría, armonía, proporción y balance aparecen de forma recurrente en culturas distintas alrededor del mundo. La IA, al entrenarse con enormes cantidades de imágenes, parece confirmar esa preferencia estética compartida por los seres humanos. Lejos de ver la tecnología como una amenaza directa, el artista cree que puede producir el efecto contrario: revalorizar lo humano. Cuando una imagen generada por inteligencia artificial se acerca demasiado a la perfección, ocurre algo curioso. El espectador percibe que algo no termina de encajar.

Es demasiado perfecto.

Y esa perfección, paradójicamente, revela la diferencia entre una estética artificial y la complejidad imperfecta de lo humano. Incluso en el mundo del diseño digital -explica- los artistas deben añadir errores intencionales para simular realismo: aberraciones cromáticas, pequeñas distorsiones ópticas o irregularidades en los materiales.

La imperfección forma parte de la naturaleza visual de la realidad.

Umando: una pausa en medio del ruido

Entre las ideas más personales de Santiago aparece un concepto que sintetiza muchas de sus preocupaciones contemporáneas: Umando.

La palabra –escrita sin H– nació como un intento de construir una identidad propia alrededor de la experiencia humana. Incluso su forma tiene una intención narrativa: la letra “U” representa las costillas de una silla que diseñó como parte del proyecto.

Pero Umando es más que un nombre. Es una postura cultural.

El concepto surgió durante la pandemia, cuando Martínez comenzó a escribir un diario personal a mano en un cuaderno de papel reciclado. El objeto, imperfecto y físico, le recordó algo que muchas veces se pierde en el mundo digital: la textura de lo humano. Meses después, al releer esas páginas, tuvo una reacción emocional intensa. Sentía que ahí estaba, de forma cruda e imperfecta, la esencia de lo que quería hacer con su arte.

Ese proceso derivó en el diseño de una pieza central del proyecto: una silla contemplativa. No es simplemente un objeto funcional. Es una experiencia diseñada para invitar a la pausa, al descanso y a la introspección. En una sociedad donde todo parece empujar hacia la velocidad, la productividad y el consumo constante de estímulos, Umando propone algo radicalmente distinto: detenerse.

¿Tiene el arte que ser siempre disruptivo?

En el arte contemporáneo existe una expectativa frecuente: una obra parece ganar relevancia cuando rompe algo, provoca o desafía lo establecido.

Pero Martínez cuestiona esa idea.

Para él, conceptos como belleza, armonía y contemplación siguen teniendo un lugar fundamental en el arte actual. De hecho, argumenta que esas experiencias están desapareciendo de muchas interacciones cotidianas mediadas por tecnología. Por eso disciplinas como la ópera, la pintura o ciertas expresiones musicales siguen teniendo un poder particular: generan emociones profundas que difícilmente pueden sustituirse.

La disrupción -dice- no necesariamente implica caos. Puede surgir también de recuperar aquello que la vida contemporánea ha dejado de valorar.

El futuro del arte en la era de la inteligencia artificial

Al imaginar cómo podría percibirse su trabajo dentro de cien años, Martínez no habla de fama ni de reconocimiento. Su aspiración es más simple y, al mismo tiempo, más ambiciosa: que su obra haya creado espacios donde alguien pudiera experimentar plenamente su humanidad. Si en el futuro un artista encuentra inspiración en su trabajo y continúa ese diálogo creativo, considera que ese sería el verdadero sentido de trascendencia. Porque, al final, lo que permanece no es necesariamente el nombre del autor, sino el impacto que una idea tiene en otra persona.

Elegir lo humano

Hacia el final de la conversación aparece una última pregunta inevitable en esta época tecnológica: si tuviera que elegir entre crear algo técnicamente perfecto o algo profundamente humano, ¿qué escogería?

La respuesta llega sin demasiada duda. Elegiría lo humano.

Incluso cuando utiliza herramientas de inteligencia artificial, su objetivo sigue siendo el mismo: encontrar en medio de la tecnología ese punto donde aparece la imperfección, la emoción y la honestidad de una idea. Porque, en última instancia, su propósito como artista es sencillo de formular pero difícil de lograr. Que las personas se detengan. Que vuelvan a imaginar.

Y que recuerden que, antes que consumidores de imágenes o productos de algoritmos, siguen siendo creadores de belleza.